domingo, 16 de octubre de 2016

ATENQUIQUE, A 61 AÑOS DE DISTANCIA DE LA TRÁGICA INUNDACIÓN QUE DEJÓ MUERTES Y DESOLACIÓN




ATENQUIQUE, JALISCO, (EL SUR).- Era el domingo 16 de octubre de 1955, desde el viernes 14 la región sur fue era azotada por fuertes lluvias producto de un ciclón que se registraba en el Pacífico, ante la sorpresa de los vecinos, aumentaba peligrosamente el caudal del arroyo Atenquique que desciende del macizo montañoso del parque nacional del nevado y el volcán de Colima.
A pesar de la intensidad del fenómeno, los lugareños acudieron a misa como lo hacían cada domingo por la mañana.
El sacerdote celebrante era el señor Ausencio Plascencia; había terminado la celebración eucarística y ya la corriente obligó a algunos fieles, a alcanzar las partes altas del lugar. De pronto, todo fue muerte y desolación.
Minutos después de las 10:30 horas, un aluvión de lodo, agua, piedras y ramas arrasó con todo. 
Muchos se pusieron a salvo, otros no lo lograron y fueron arrastrados por la crecida del río o quedaron sepultados entre las toneladas de material, que en fracción de segundos modificaron el paisaje.
La iglesia, el curato, la escuela y una veintena de casas que habita personal de la fábrica papelera, fueron destruidas por el alúd.
Existe un testimonio fílmico, en el que se aprecia cómo algunas personas subieron al techo del mercado para protegerse.
En su obra Historia de Atenquique, José Manuel Ponce Segura menciona que quienes vivieron esa inolvidable experiencia fueron Manuel Delgado Ochoa, su hija Dora Luz Delgado, Reynalda Luis Juan, Carmen Ramos, Esperanza Ochoa de Soltero, Alfredo Cárdenas, Ismael Morfín, Luis López M, Javier Ureña Navarro, Brígido Martínez, Santos Brígido Guzmán y Federico Soltero.
Parte de ese grupo, era la señora María García de Pérez, pero cuando le ayudaban a subir al techo, la corriente se las arrancó de las manos.
Múltiples construcciones que ahí se encontraban y que funcionaban como negocios y talleres, desaparecieron ante el embate del fenómeno.
Pero el suceso más dramático ocurría en la iglesia, en donde algunos feligreses se quedaron en el lugar en busca de protección, pero al penetrar el agua, subieron primero al coro, luego hasta el campanario en donde soportaron con el alma en un hilo, el paso de la avalancha. 
Se salvaron milagrosamente Carlota Ceja de Cárdenas, Engracia de Baltazar, su hija María de Jesús Balizar, Elvira Ibarra de Gudiño y el niño Jesús Estrada Morán,
Cuando subían a la torre, observaron cómo el sacerdote se arrodillaba al pie del altar y rezando en voz baja, imploraba a Dios protección para sus fieles, su hermana María le acompañaba, mientras que su prima María Teresa Silva se quedó a mitad del camino, también estaba en el interior del templo Felipe Medina y los cuatro fueron arrastrados por la avalancha.
En el techo de la casa del curato, se habían refugiado Refugio Rivas de Garcidueñas, su hija Teresa de Jesús y el niño José de Jesús Romero, la finca no soportó la fuerza de la corriente y fue arrastrada con toda y las personas que ahí se encontraban.
José María Galván y J. Jesús Godínez, fueron dos víctimas más del fenómeno y de manera especial, se recuerda a Antonio Rendón, que tripulando un camión de volteo realizó varios viajes para poner a salvo a familias enteras, pero llegó el momento en el que la fuerza de la naturaleza fue superior a la máquina y la arrastró con todo y su chofer.
En cuanto les fue posible, los vecinos iniciaron con las excavaciones en el templo en busca del sacerdote y las personas que le acompañaban, pero no las encontraron.
Descubrieron el altar debajo de una gruesa capa de arena y tierra, localizaron el Sagrario y vieron que el agua había arrancado la puerta, y el interior del pequeño receptáculo estaba azolvado por la arena y el lodo. 
Buscaron en aquél sitio y con gran sorpresa, se encontraron intacto el cáliz con las hostias y un trozo de custodia. 
Este hecho fue muy comentado y la opinión general, es que de se trató de un acto milagroso.
Hoy día, el altar se puede apreciar en el lugar que fue convertido en parque público, como mudo testimonio de la tragedia que causó muerte y destrucción en la población de Atenquique.
El lunes 17 dejó de llover, y el panorama que encontraron los lugareños fue sombrío.
Una gran extensión que 24 horas antes era parte de la población, estaba cubierto de tierra, enormes piedras y ramas que la corriente trajo de las montañas. 
"Era una visión pavorosa, no quedó en los contornos nada verde, ni seco", indica en su narración Ponce Segura.
El fenómeno afectó de manera grave la naciente fábrica de papel de Atenquique que permaneció más de dos meses fuera de operación, la vía del ferrocarril Guadalajara-Manzanillo, los caminos quedaron truncados; los daños materiales se cuantificaron en más de 10 mil millones de pesos, pero sin duda que lo más grave fue la pérdida de vidas humanas./agradezco la colaboración de Alberto Ramos Zaragoza













































































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